Arzobispo    Carta pastoral
Corpus Christi
1 de junio de 2026


El Tiempo de Pascua nos ha dado la oportunidad de profundizar en el significado del Domingo y de su centro, la Eucaristía, que es el Sacramento de nuestra fe. En la vuelta al Tiempo Ordinario, la Iglesia celebra el Domingo de la Trinidad. Es la fiesta del Dios Comunión, que se comunica y entrega y nos da la posibilidad de vivir esa misma vida, la Comunión que se hace Misión. Inmediatamente después, la Iglesia celebra el Día del Corpus Christi, un día para homenajear a la Eucaristía, para, si cabe, profundizar aún más en lo que este Sacramento admirable significa para la vida de la Iglesia y la vida del mundo.

La Eucaristía es sacrificio, banquete y presencia real. Estamos llamados a armonizar su triple significado, para lo cual hemos de disponernos para entrar bien en su misterio, celebrar con una participación fructuosa y vivir, saliendo de la Eucaristía transformados, haciendo carne en nuestra vida personal y comunitaria el sacrificio, la presencia y el banquete.

Preparémonos para la Eucaristía. ¿Cómo lo hacemos habitualmente? No podemos ir con prisas, con el ánimo de quien cumple una rutina. La celebración de la Eucaristía pide una preparación remota, quizás a lo largo de toda la semana, pasando alguna de las lecturas por el corazón, avivando en nosotros el deseo de adorar al Señor, de entrar en su misma entrega y de sentarnos en el banquete que anticipa la vida plena que ya germina en nuestro corazón desde el Bautismo. Prepararse para la Eucaristía significa también examinar nuestra conciencia, sobre todo, si en la Eucaristía queremos comulgar conscientemente y, así, participar de manera plena en su misterio. Examinar la conciencia es caer en la cuenta del estado de nuestro corazón, de su disposición para acoger al mismo Dios que, como Cuerpo entregado, se nos da como Pan de vida.

Participamos en la Eucaristía porque somos bautizados y la vida bautismal ha de ser renovada a través de ese segundo bautismo que es el Sacramento del Perdón. Sí, es bueno, una vez más, insistir en ello. El Señor tiene misericordia, desea sentarnos a su mesa y ofrecerse Él mismo a sí mismo como alimento que cura y sana. Pero pone esta gracia en manos de nuestra libertad y desea que la sanación, la curación eucarística sea sellada en el Sacramento de la Penitencia si un pecado grave bloquea la entrada del Señor vivo en nuestro corazón.

Si nuestra situación o estado de vida es incompatible con la plena comunión con el Señor y su Iglesia por estar participando de una relación pecaminosa, en abusos respecto de otras personas, ya sea en el campo económico, laboral, ya sea en el campo psicológico o afectivo, o defendiendo públicamente posiciones contrarias a la moral cristiana, no podemos acercarnos a comulgar sin una decisión firme de cambiar de vida restituyendo el daño provocado por nuestra situación de pecado.

Tampoco, cuando una relación matrimonial ha quebrado y quienes formaban parte de ese matrimonio viven una nueva relación conyugal. Estas personas, que siguen formando parte de la Iglesia, han de saber que esta quiebra del Sacramento de la Alianza impide la comunión eucarística; pueden participar en la celebración, así como de la vida de la Iglesia en múltiples aspectos, pero comulgar la Comunión no es posible. El dolor de no comulgar ha de avivar el deseo de buscar una solución que respete el significado de los dos sacramentos en juego: el Matrimonio y la Eucaristía. Por eso, hemos de prepararnos para celebrar la Eucaristía, examinar nuestra conciencia, ver nuestro modo y estado de vida para que sea coherente con la comunión plena que supone participar en la Eucaristía recibiendo el Cuerpo del Señor.

¿Cómo celebramos la Eucaristía? En el silencio, con espíritu de escucha y de adoración, sabiéndonos parte de un pueblo que al celebrar la Eucaristía va a tomar la forma del cuerpo de Cristo, aportando el pan y el vino, frutos del don de Dios y del trabajo de los que vienen. Participamos con el silencio y la palabra, con los gestos, sentados, de pie, de rodillas, con la actitud del corazón, entrando, atraídos por el Señor, en su entrega por todos. Qué importante es cuidar el momento de acercarnos a comulgar con espíritu de asombro y adoración. También hemos de abrir el corazón a los imperativos de la Eucaristía, “haced, id”, y así disponernos para, como en el día del Corpus, ser custodias que sacan al Señor a la vida ordinaria, a la presencia en el mundo, a la renovación de nuestra sociedad y de la Iglesia, llevando el Amor recibido a los demás.

Por eso, si hemos celebrado la Eucaristía, estamos llamados a encarnar la comunión en la comunidad cristiana, a buscar momentos para que los que hemos rezado juntos Padre Nuestro encontremos a lo largo de la semana momentos para orar y formarnos, cultivar la fraternidad y ver cómo llevamos al mundo la presencia del Señor en la comunión y la entrega; el sacrificio del Señor en el perdón, el amor a los enemigos y el empeño por el bien común, no solo reclamando derechos si no también reconociendo deberes; el banquete que llena de esperanza, de diálogo, de alegría y encuentros nuestro caminar hasta que el Señor vuelva, porque en la Eucaristía anunciamos la muerte del Señor, proclamamos su resurrección y, anhelantes, decimos “Ven, Señor Jesús”.

Somos permanentes aprendices de la Eucaristía y del Domingo. Que la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, este año con la presencia del Papa en España, nos impulse a aclamar el Misterio de la fe: cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz, anunciamos tu muerte, Señor, hasta que vuelvas.