Hemos sido destinatarios, testigos y partícipes de un viaje apostólico. El sucesor de Pedro y obispo de Roma, León XIV, ha visitado España en unas diócesis concretas y ha realizado en ejercicio un viaje apostólico, una propuesta evangelizadora convertida en llamada a participar de la misión apostólica de la Iglesia. La misión de León XIV en España se ha desplegado con toda la potencia de la Iglesia que evangeliza, mostrando así su identidad más profunda.
León XIV ha proclamado la Palabra de Dios, lo ha hecho en la plaza pública, en las diversas relaciones e instituciones donde se ha hecho presente. Ha puesto en relación el Evangelio y la realidad, el Evangelio y nuestras preocupaciones, el Evangelio y las preguntas del corazón humano. El Papa ha comentado la Palabra en las celebraciones litúrgicas en una gran hondura y cercanía, siendo un verdadero puente, un Pontífice entre la asamblea y la Palabra. En nombre de Cristo, el Papa ha anunciado la Buena Noticia en templos y en plazas, en estadios y en santuarios, para hacer posible que el Evangelio de Jesucristo tocara nuestro corazón.
En el viaje apostólico, León XIV ha evangelizado también celebrando la liturgia, la Eucaristía en diversos lugares, en una plaza madrileña, donde millón y medio de personas se han congregado para hacerse asamblea, verdadera ecclesía, donde el obispo de Roma, rodeado de una porción del Colegio de los Doce, se ha dirigido también a presbíteros, religiosos, familias y laicos, constituyendo entre todos la Iglesia de Jesucristo en medio del mundo, transformando la tierra, una tierra asfaltada, en mesa compartida. Además, en la celebración del Día del Corpus, con una singular procesión, llevando él mismo la custodia con el Señor, hizo visible una Iglesia que, saliendo del altar, lleva al Señor mismo, su amor misericordioso, su presencia renovadora a las calles y a las plazas de nuestras ciudades, de nuestros pueblos, de nuestro mundo. El Papa ha celebrado la Eucaristía también en la Sagrada Familia desde la belleza del templo, en la celebración del centenario de la muerte de Gaudí quien ya en el siglo XIX comienza esta gran tarea de edificar la Iglesia, siendo así esa Eucaristía una muestra de lo que el pueblo peregrino realiza en el tiempo. Hace un alto en el camino, pone la mesa, se reúne en una casa situada entre las casas y contempla desde ahí las relaciones y el tiempo. Las relaciones entre pueblos y situaciones culturales distintas, las relaciones entre personas no solo convocadas sino congregadas en el cuerpo de Cristo, pero contempla también el tiempo. La Eucaristía, que concentra el acontecimiento fundante y anticipa el que da plenitud a la historia. El Misterio Pascual nos ayuda también a comprender los tramos de nuestra historia, el valor del aquí y ahora y de los proyectos a medio y largo plazo, entretejiendo entre todos ellos la historia santa en medio de la historia de los hombres.
El Papa ha evangelizado, ha realizado este ejercicio apostólico en su viaje, acercándose a lugares de caridad, a lugares donde la comunidad cristiana expresa que el amor que brota de la Eucaristía y sale en procesión el Día del Corpus Christi, precisa de nuestras manos, de nuestro corazón y de nuestra capacidad organizadora para hacer llegar el amor de Jesús a las personas que lo necesitan de una manera especial. Este ejercicio de la caridad León XIV lo ha realizado bajando a las preguntas de los hombres, dialogando con jóvenes en la vigilia de la Plaza de Lima, pero también en la oración del Estadio Olímpico de Barcelona, bajando a las preguntas que inquietan a los jóvenes españoles de esta hora. También bajando a las inquietudes y preguntas de los inmigrantes con los que tuvo un encuentro especial en las dos diócesis canarias. Bajando a sus inquietudes, a sus preguntas para, a partir de ellas, realizar un anuncio del Evangelio, una propuesta de verdadera promoción, yendo más allá del asistencialismo compasivo, ayudando a poner de pie, viendo las posibilidades de que las noches, las penumbras y los límites puedan transfigurarse y dar la oportunidad a una nueva recreación desde la cercanía solícita, la escucha y el diálogo, para hacer una propuesta y ofrecer una ayuda que verdaderamente promocione y porque promociona, hace también caer en la cuenta a las personas a quienes se ayuda, que tienen sus responsabilidades, pues la dignidad de la que brotan los derechos es también fuente de deberes responsables.
El Papa ha realizado en el viaje apostólico una evangelización yendo a lugares especialmente singulares, como el Palacio Real y las Cortes Generales, para poder expresar este coloquio entre Iglesia y Sociedad de una manera nueva, de una manera respetuosa, pero al mismo tiempo ofreciendo la luz del Evangelio y la frágil experiencia de comunión de la Iglesia a los problemas de nuestra sociedad ante las instituciones del Estado con la presencia de comunidades autónomas o de autoridades municipales. En las Cortes, como también en otros encuentros mantenidos al largo del viaje apostólico, el Papa nos ha enseñado a poner la Doctrina Social de la Iglesia en acto; ha realizado un primer gran eco de su encíclica ‘Magnifica Humanitas’ y, sobre todo, nos ha convocado a que hagamos nosotros lo mismo.
El viaje apostólico nos ha evangelizado para que nosotros también en el anuncio de la Palabra, en la celebración litúrgica, en el ejercicio de la caridad podamos evangelizar a la sociedad española que ha mostrado en estos días un especial interés, un seguimiento extraordinario, un deseo de encontrarse con el Papa y, al encontrarse con él, recibir palabra de verdad, propuesta de regeneración ética y ternura y consuelo para las dificultades de la existencia.
En el viaje apostólico, queridos amigos, hemos contemplado la belleza de la catolicidad, la catolicidad del corazón moviéndose por todas las dimensiones íntimas, relacionales, institucionales que nos explican como personas. La catolicidad de la Iglesia universal y particular, la catolicidad de la presencia de la Iglesia Católica en el mundo con el valor del Sacramento, la presencia en la vida pública con la encarnación de la caridad en diálogo con la sociedad organizada de la que formamos parte. Hemos contemplado la belleza de la catolicidad del corazón, poniendo en relación los problemas de la dignidad humana desde el seno materno hasta el último instante de la vida, pero pasando por todo el recorrido y por todas las personas que nos encontramos en este recorrido, especialmente quienes están heridos o tirados en las cunetas de la historia.
Contemplar la belleza de la catolicidad supone para nosotros ahora una responsabilidad especial. Acoger la alegría y el entusiasmo y transformarlos en acción de gracias. Acoger la emoción y transformarla en virtud. La Asamblea Diocesana que esta Archidiócesis de Valladolid va a vivir en los próximos meses nos dará, sin duda, la oportunidad de seguir creciendo en comunión misionera, en la sinodalidad que León XIV también ha impulsado en estos días. Para ser apóstoles en esta hora, para asombrarnos con la belleza del ser humano, de la Iglesia, del Evangelio y transformar esa emoción en virtud apostólica y anunciar el Evangelio mientras caminamos siendo un signo de unidad para que el mundo crea.