Arzobispo    Homilía
Homilía de la misa funeral por el eterno descanso de cuatro miembros de la familia Sanz Garijo, fallecidos en accidente de tráfico
8 de julio de 2026


Hermanos, ¡la Paz esté con vosotros! La muerte en trágico accidente de cuatro personas de una misma familia nos sitúa en el desconcierto y en el silencio. Precisamente, por tratarse de una familia, matrimonio e hijos, el grupo de personas que nos hemos reunido en la Catedral esta mañana expresa la realidad de nuestra vida social que, partiendo del vínculo familiar, entreteje relaciones. Desde vosotros, los más pequeños, compañeros de colegio, amigos, compañeros de deporte, de sueños, de aficiones, de confidencias. Desde lo que significa también la vida de un matrimonio, que vincula a dos familias, que a su vez han vinculado a otras a lo largo de las generaciones. Os trae aquí esta convocatoria a tantos de vosotros familiares de sangre, especialmente doloridos. Otros, amigos, compañeros de estudios, de trabajo, de esta aventura empresarial, que a tantos y tantos de la Ribera del Duero y de otros sitios, os vincula también en un proyecto de cuidado de la tierra, de paciente espera, para que lo plantado crezca y dé fruto, y lo recolectado madure y sea buen vino en cada añada.

Son los vínculos de la ciudadanía, son los vínculos de la carne, de la sangre, de la historia. Nos situamos aquí en medio de otro vínculo, el vínculo de la fe. Querida familia, participáis de la vida de la Iglesia, sois creyentes, muchos de vosotros estáis cultivando vuestra fe a través de los medios de gracia y de espiritualidad que ofrece el Opus Dei. Saludo con especial afecto a los vicarios del Opus Dei presentes, presbíteros de la Prelatura, así como también a los presbíteros de parroquias con las que tenéis diversos vínculos.

Y aquí nos hemos reunido para encender una llama, porque la tragedia causada por la concentración en el espacio y en el tiempo de algo inesperado, asombroso es como un zarpazo, que arranca la vida, y el huracán que provoca apaga la vela, la vela del corazón, apaga la vela, poniendo en duda nuestra fe, el sentido de nuestra vida.

Apaga la vela y se abren, entonces, en el corazón unas zonas oscuras que ni el llanto es capaz de ablandar. Unas zonas oscuras que aquí, ahora, en esta mañana, cuando todavía la tragedia, al mirar sus restos mortales, sus cenizas, nos sitúa en una cierta incapacidad para poder acoger lo que la Iglesia nos ofrece: Presencia y Palabra. Es la presencia de Jesucristo vivo. Es la Palabra que trata de iluminar acontecimientos inexplicables.

Pero hagamos un ejercicio de lo que esta familia en su trabajo realiza. Primero, en su trabajo, digámoslo así, de educar a los hijos. Que supone un ejercicio de siembra, de paciencia, de espera, de ayuda. El ejercicio también profesional, empresarial, en el campo y en la bodega. Que supone también plantar, vendimiar, elaborar y esperar pacientemente.

Pues bien, amigos, dejemos que el gesto, el cirio encendido y la Palabra proclamada sean en nosotros hoy sólo una siembra, una plantación. Porque no estamos en condiciones de nada más. Dejemos estar al Señor en medio de la oscuridad, del silencio, del asombro, del escándalo que nos provoca una tragedia así que, por otra parte, se une a tantas tragedias, hermanos; fijaos en lo que viven en Venezuela en estas semanas, ante otro acontecimiento terrible, un terremoto, casas que se hunden, familias que desaparecen…

Pues el Señor ya en tiempos antiguos, en el ‘Libro de la Sabiduría’, cuando los griegos ante situaciones así escribían una historia, una tragedia, para decir: todo esto es consecuencia del fatum, del destino, y ante el fatum, ante el destino, no tenemos más que escondernos y gritar no en griego, sino en latín, carpe diem, comamos y bebamos. ¿Por qué? Ante el fatum, la sabiduría de los creyentes antiguos nos dice hoy que la vida de los justos no termina, que Dios cuida de nosotros, que no ha querido jugar con nosotros, que nos ha dado el don de la vida con un proyecto, con un plan, un plan de vida eterna; que nuestra peregrinación en la historia siempre es temporal, que hemos recibido el don de la vida para dar la vida y para, en el último día, que nunca sabemos cuándo es ni cómo es, ofrecer esa vida a los brazos del Señor.

Jesús conoce bien nuestra situación y él, en la cruz, dijo un grito sorprendente, dirigiéndose al buen Dios, al Padre Dios: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Y este grito de Jesús, seguramente, le enlaza con nuestras preguntas y porqués, con nuestros silencios, con nuestro querer dejar en manos del destino fatal nuestra existencia. Y Jesús se acerca a nosotros y nos dice: quiero decir contigo, “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”.

El abandono de Jesús se hace un grito, y espira. Nosotros estamos así en este viernes santo, en este misterio de la cruz, en este silencio de abandono. Pero pasaremos del viernes al sábado, hermanos, porque todos de alguna forma en la historia vivimos en el sábado del tiempo, en el sábado de la espera y la esperanza, en el sábado que nos adentre en la mañana del domingo para poder escuchar: Jesucristo ha resucitado. Y todos resucitaremos con él, pero hoy para nosotros es viernes. Y queremos que se realice una siembra, una siembra de luz, porque el arrebato de la tragedia ha podido apagar nuestras luces. Una siembra de Palabra, porque no tenemos palabras para explicar las cosas. Y que pueda dar fruto en el sábado, en el sábado de la historia.

Así, amigos, la luz del cirio os convoca a la fe, a la fe en que las promesas del Señor se cumplen, a la fe. Ni la muerte, ni la aflicción, ni la angustia, nada podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, en la cruz.

Os convoco a la fe, para que en el sábado del tiempo la fe se haga fortaleza, fortaleza especialmente para vosotros, querida familia, especialmente para la hija menor de este matrimonio, especialmente para cuantos estáis afectados de cualquier manera por esta tragedia, por esta muerte inesperada.

Que la fe se haga fortaleza, que la esperanza, situados en el sábado, esperando el domingo sin ocaso del reencuentro pleno y definitivo, se haga prudencia. Prudencia, que significa saber elegir bien los fines en la vida y los medios para alcanzar los fines. Sí, amigos, el ejercicio prudente de la existencia para nosotros, que nos congregamos como Iglesia, que queremos, desde nuestra débil fe, acoger la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía, lo prudente es querer ser santos. Lo prudente es que todo el ejercicio de nuestra vida, el trabajo, las relaciones, la vida familiar, la vida de amistad, de ciudadanía, sea una oportunidad para ser santo. Esto es lo prudente. Y elegir los medios adecuados para alcanzar la santidad. Los medios de gracia, la compañía de hermanos, la escucha del Señor y su Palabra, para que este ejercicio prudente que brota de la fe se extienda también a nuestra forma de organizar la vida. ¿Qué es lo prudente, hermanos? Poniendo la centralidad de la vida en el medio, poniendo el cuidado de unos para con otros, poniendo el elogio de la familia, de la amistad, del trabajo bien hecho. Esto es lo prudente.

Y, si estamos convocados a la fe que se hace fortaleza, a la esperanza que se hace prudencia, estamos llamados a la caridad, al cuidado de unos con otros, a una caridad que se hace justicia y templanza. Que se hace justicia a la hora de saber también en las relaciones en las que vivimos, qué es lo que responde mejor a la justicia del Reino de Dios y templanza, que ha de hacernos saber encauzar nuestros sueños, nuestros deseos, nuestros proyectos, para no idolatrar las cosas que tenemos entre manos y, por otra parte, para poder encauzar el gran don que del Señor hemos recibido.

Amigos, en medio del dolor y del silencio, dejad que la luz que nos habla de la presencia de Cristo toque vuestros corazones. Y que la palabra de sabiduría, la palabra del Señor —“Dios mío, Dios mío”— para luego escuchar “Jesús ha resucitado”, sea también para nosotros una siembra hoy que pueda germinar en las semanas, en los meses, en los años próximos, en una vida de fe, de esperanza y de caridad.