Archidiócesis de Valladolid    Homilía
Homilía de Nuestra Señora de San Lorenzo (2026. Año Jubilar de la Santidad y de Asamblea Diocesana)
8 de septiembre de 2026


Queridos hermanos y amigos, devotos todos de la Virgen de San Lorenzo, patrona de Valladolid. Sr. Deán de la Catedral, miembros del Cabildo, presbíteros y diáconos, obispo emérito de Santander, Párroco de San Lorenzo y hermanos de la Real y Venerable Hermandad de Nuestra Señora de San Lorenzo, coronada, patrona y alcaldesa perpetua de Valladolid. Sr. Alcalde y miembros de la Corporación municipal. Presidente de la Diputación, que haces presente este día de patronas en la ciudad y pueblos de la provincia. Autoridades, Policía Municipal. Profesores y estudiantes. Empresarios y trabajadores. Personas que habéis nacido aquí o que habéis llegado a esta ciudad de otros lugares de España o de otros lugares del mundo. Un saludo especial a los hermanos que han llegado de Hispanoamérica, católicos que renováis nuestras comunidades y alegráis también nuestra vida cristiana, además de servir al bien común con vuestro trabajo en esta ciudad. Religiosos y religiosas. Laicos todos. Amigos de las hermandades y cofradías de Semana Santa y de Gloria. Permitidme que salude de manera especial a la nueva Junta de Cofradías de nuestra ciudad, de la Semana Santa. ¡Feliz día de Fiesta a todos!

Hacemos fiesta y celebramos el Misterio Pascual, fiesta de las fiestas, como corazón de las ferias y fiestas de la ciudad de Valladolid. Este juego de palabras nos permite hacer una reflexión sobre el significado e importancia de la alegría festiva en nuestra vida.

La fiesta puede quedarse en mera diversión organizada, reducida a “ir de fiesta” o a “ocio organizado”, “las fiestas”; vividas en el fin de semana o en fechas señaladas a lo largo del año. Enlazan con la diversión, la necesidad de hacer un alto, liberar tensiones, distraernos, poder viajar, salir, etc., en definitiva, evadirnos del peso de los días. Los excesos están justificados, pues son la justa contrapartida a la presión excesiva a la que nos someten los días no feriados. Pero, la celebración festiva tiene un sentido más hondo. La fiesta auténtica no es evasión, sino afirmación de nuestro ser y estar en el mundo. Celebramos las raíces compartidas y el misterio que nos abraza en nuestra condición de familia y de pueblo. La fiesta no distrae, sino que fija la atención en lo esencial y concentra los anhelos en lo común. La fiesta genuina siempre remite, aunque sea veladamente, al culto con sus rituales. Incluso las fiestas de diversión y ocio organizado están llenas de ritos. Más aún, la sociedad secularizada nos reclama rituales religiosos que justifiquen las fiestas o sean como el descorche de la botella que inaugura la fiesta de la vida.

La alegría que celebra la fiesta cristiana puede coexistir con el dolor, pues no depende de que las circunstancias vayan bien, sino de una comunión que nos precede y nos sostiene. Es compatible con la tribulación, no solo pese a ella, sino, a veces, a través de ella.

Ayer, el párroco de San Lorenzo y yo vivimos una experiencia en el Centro Penitenciario de Villanubla. Fuimos con una imagen, una reproducción de la talla de la Virgen de San Lorenzo. Y celebramos la Fiesta (de la Virgen de San Lorenzo) con un grupo de personas, los reclusos, que no pueden ir de fiesta. Y, sin embargo, os puedo asegurar que la celebración, la presencia de la Virgen, el rezar juntos Padrenuestro y el ofrecernos un saludo de paz fue un momento de alegría en medio de la tribulación de los privados de libertad que, muchos, tienen en su conciencia un peso de culpa que nadie, salvo el que murió en la cruz puede arrebatar.

Quizás, por no comprender esto, tantas veces multiplicamos diversiones para huir de la tristeza, la nostalgia, el aburrimiento o por haber olvidado la fuente de la genuina alegría.

Las lecturas de este día nos remiten a la fuente de la alegría. El Hijo de Dios es hijo de María, se llama Jesús, que significa Salvador. Nos salva del origen de nuestra tristeza, el egocentrismo, la culpa y el poder de la muerte. Por eso, encontrarnos con Él nos hace experimentar la alegría. Es también el Emmanuel, Dios con nosotros, es compañía permanente que consuela en la soledad y sus melancolías. Para los que viven en este Amor “todo les sirve para el bien”, como dice San Pablo en la segunda lectura. Él es el pastor anunciado por el profeta Miqueas que anuncia la Paz y atraviesa el valle de tinieblas.

Hemos sido llamados por Él para participar en un destino de gozo y de gloria por la senda del pesebre y de la cruz. Somos la Iglesia, asamblea de llamados a participar de la vida y misión de Jesús. Nuestra Diócesis va a celebrar una Asamblea Diocesana para celebrar la alegría de ser Pueblo peregrino, discernir la voluntad de Dios en esta hora e impulsar la sinodalidad, con el lema: ‘Sal y anuncia la alegría, en comunión’. Queremos que la alegría del Evangelio nos movilice, nos haga saltar y salir para comunicar a otros la Buena Noticia, invitarles a ensayar la fraternidad en la comunidad cristiana y dejar en la historia señales de la verdad, justicia y paz que nos hablan del germinar el Reino de Dios.

En nuestro mundo convulso y herido escuchamos quejas y lamentos, críticas, a veces, despiadadas de unos a otros, pero sobre todo una impotencia que deja entrever la desesperanza. Algunos hablan de una generación que no quiere convertirse en adulta, que rechaza responsabilidades y trabajos. Hay crisis de comprender la vida como vocación, respuesta permanente a la llamada que nos hacen los otros. Se recogen señales alarmantes sobre el futuro de los pueblos, que parecen destinados al declive por la reducción del número de habitantes y el aumento de la edad. La crisis demográfica es crónica y parece irremediable. Ya en 50 Estados del mundo la tasa de natalidad está por debajo de dos hijos.

Tal vez, tengamos que reconocer que no hemos sido buenos maestros. La generación adulta debe reconocer que en el estilo de vida y en el tono de los discursos no transmite a los jóvenes buenas razones para desear convertirse en adultos, tomar decisiones definitivas, asumir responsabilidades sociales, formar una familia y tener hijos. No se puede generalizar, ni culpabilizar. Sin embargo, es necesario reflexionar, confrontarse, rezar, buscar juntos caminos a seguir para aprovechar recursos maravillosos y potencialidades prometedores.

Hay entre nosotros sujetos que no quieren ser ciudadanos, es decir, personas responsables de la ciudad en la diversidad de sus asuntos; residentes, que no ciudadanos, que reclaman derechos y no reconocen ningún deber. Personas que reclaman asistencia social, pero que no aceptan una promoción que les responsabilice y haga descubrir sus obligaciones sociales. Pero también hay ciudades que no quieren ciudadanos. Personas que buscan casa en la ciudad y ven que las puertas se cierran en la cara. “No tienes suficiente dinero, ni crédito”; “no eres lo suficientemente español”; “no quiero molestias, prefiero dejar la casa vacía”; “hay alquileres que me rentan más que alquilar la casa a una familia”.

Hay católicos que solo demandan servicios religiosos, pero les cuesta salir de la pasividad y asumir ser discípulos y misioneros, responsables de la comunión y misión de la Iglesia. Nuestra Asamblea Diocesana quiere partir del reconocimiento de la alegría que surge de la fe. Una alegría que moviliza para crecer en la participación en la vida eclesial y en la vocación de caridad y presencia pública en la vida ciudadana.

El momento que vive la humanidad es dramático. Celebramos nuestras fiestas en un mundo en guerra, convencional e híbrida. Rodeados de montañas de sufrimiento provocados por desastres naturales, conflictos, lacerantes desigualdades y también por las huidas adictivas provocadas por estilos de vida deshumanizadores. No tenemos soluciones mágicas, es bueno que la Fiesta nos ayude a centrarnos en lo esencial y poder cantar con la Virgen de San Lorenzo. ¡Magnificat! “Ante Isabel, que le anuncia que se ha convertido en la madre del Señor, María prorrumpe en un himno de alabanza y de alegría: su alma proclama la grandeza del Señor y su espíritu exulta en Dios su Salvador, porque Él eligió a una joven pobre y pequeña para su plan de salvación. De repente, María ve toda la historia con los ojos de este descubrimiento. Nada ha cambiado a su alrededor: la situación sociopolítica de su época sigue siendo la misma, con los romanos que dominan su tierra y su pueblo dividido y humillado. Sin embargo, todo ha cambiado dentro de ella, y eso le permite ver lo invisible. Dios ya ha hecho proezas con el poder de su brazo, ya ha dispersado a los soberbios, ha derrotado a los poderosos, ha elevado a los humildes, ha colmado de bienes a los hambrientos y ha despedido a los ricos con las manos vacías. Él ya ha auxiliado a Israel, su siervo” (‘Magnifica Humanitas’, 243).

Celebramos hoy la magnífica humanidad de María en la fiesta de su nacimiento y, desde ella, la magnífica humanidad de todos nosotros, a pesar de las arrugas provocadas por el mal de este mundo. El Cántico de María revela el diseño transformador de la propuesta cristiana y el resultado germinal en la historia de su encarnación en la Iglesia. Alegrémonos, hermanos, salgamos unidos a proclamar con obras y palabras la alegría que transforma el mundo y nos llena de esperanza en medio de la tribulación.

María, Virgen del Magnificat, Virgen de San Lorenzo, acompaña los pasos de esta Asamblea. Santos Pedro Regalado y Toribio de Mogrovejo, interceded por nosotros, para que el Espíritu Santo descienda sobre esta Iglesia diocesana y haga de todos sus miembros testigos gozosos, humildes y unidos del reinado del Corazón de Jesús. Amén.