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Santos

1101 diasantosEl 1 de noviembre, celebramos en una misma fiesta a todos los Santos. Recordamos a todos aquellos hombres y mujeres cuya vida es un modelo para nosotros. Veneraremos así a aquellos cuya forma de vivir ha sido reconocida oficialmente por la Iglesia como posible modelo a seguir y que ocupan un lugar en el calendario litúrgico. Pero también honramos a todos aquellos que de forma anónima, desde la sencillez de una vida poco significativa a los ojos del mundo, en la familia, el trabajo, la vida sacerdotal o religiosa han hecho de su vida una hermosa sinfonía de fidelidad al Señor y entrega a los hermanos, viviendo el ideal de las Bienaventuranzas.

Todos ellos constituyen una muchedumbre inmensa que nadie puede contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas. La celebración de la solemnidad de todos los Santos nos sitúa en el corazón de la Iglesia, pues la santidad pertenece a su esencia más íntima. Esta fiesta nos recuerda a todos los bautizados una verdad fundamental: la llamada universal a la santidad. Todos, cualquiera que sea nuestro estado y condición, estamos llamados a la santidad, que no es otra cosa que aspirar a Dios, a lo más Alto. Todos estamos llamados a participar de la vida y santidad del Padre, que nos ha engendrado, santidad que nos ha merecido Jesucristo, el Hijo, con su sacrificio redentor, santidad que es el mismo Espíritu Santo, recibido como huésped y como don en nuestras almas. La santidad es la única y verdadera vocación del ser humano. No hay otra llamada, ni tenemos otra tarea mejor que realizar en la tierra. Todo para ser santos y de este modo alcanzar la felicidad plena. La santidad no consiste en hacer cosas raras o extravagantes. Es ser fiel a Dios y estar al servicio de los demás en el día a día. La santidad es así participar de la santidad del mismo Dios que nos plantea como modelo a su Hijo que no vino al mundo para ser servido sino para servir. Esto es lo realmente raro, lo realmente asombroso: que Dios quiere compartir su inmenso amor con cada uno de nosotros. Los santos del calendario, y esa multitud de santos que no aparece en él, quisieron voluntariamente y con todas sus fuerzas aspirar a la santidad. No se conformaron con mediocridades, porque estaban convencidos de que el amor de Dios es inmensamente más fuerte y abundante que su propia debilidad humana. Ellos conocieron el amor de Cristo y creyeron en él más que en sus propias fuerzas. Se entregaron totalmente a Cristo, porque fueron conscientes de que Cristo se les había entregado totalmente a ellos. Confiaron en el Espíritu Santo y procuraron secundar sus inspiraciones en muchos casos en obras de servicio a los más débiles. Amaron a la Iglesia y a sus hermanos hasta el heroísmo. Quisieron ser testigos de un amor concreto que convence sin palabras, un amor que transforma. Fueron hombres y mujeres débiles pero que en su debilidad trabajaron para obtener una intensa vida interior. Fueron humildes y alegres, austeros, recios y penitentes, alejados de mediocridad y de la rutina, con una radicalidad que apuntaba siempre a lo más; hombres y mujeres de una fe hecha vida, antes que concepto o doctrina, libres para servir al Señor, a la Iglesia y a sus hermanos, con generosidad, sin cálculos ni condicionamientos. Al recordar a todos estos hombres y mujeres resuena con especial intensidad para nosotros lo que ellos escucharon tantas veces de labios de Jesús en la oración “¡Sed santos porque vuestro Padre celestial es Santo!". También nosotros en nuestra pequeñez y debilidad estamos llamados a ser santos, santos de lo sencillo, santos de lo cotidiano, buscando nuestro camino de santificación en la oración diaria, en la participación en los sacramentos, en el trabajo ofrecido a Dios, en la educación de los hijos, acogiendo amorosamente en nuestras manos la voluntad santa de Dios y ofreciendo la propia vida, abierta a las necesidades de los que sufren y comprometida en la construcción de la nueva civilización del amor. A todo ello nos invitan los Santos, nuestros hermanos, los que están en los calendarios y los que no. Entre ellos seguramente están nuestros padres y muchos familiares y amigos. Imitémosles y acudamos a su intercesión.

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